Esta es corta:
La cosa es así, yo me mudo a Capital, voy al Coto o algún super de preferencia (no es por hacer publicidad, tiene más relación con la cercanía del establecimiento), compro un juego de vasos; pero no cualquier juego de vasos, si no uno de buena capacidad, material durable, estéticamente lindo y que encima me genere cierta nostalgia por la similitud a los vasos que tenía mi abuela en su casa. Eventualmente adopto un gato, blanco y negro y tras unas pocas semanas de ser un NN pasa a llamarse OREO por lucir los colores de la famosa galletita (de nuevo, no es por hacer publicidad).
Con el correr de los meses, el felino, mi amigo, descubre que tiene la capacidad de... digamos... hacer la gran "rey león" con mis vasos, es decir; se sube a la mesa, observa el vaso y apoya su peluda patita en uno de los lados del mismo, corriéndolo milímetros y captando mi atención. Ahí hacemos un duro duelo de miradas desafiantes, el aun con la pata sobre el vaso y yo inmóvil, amenazándolo con los ojos.
- Oreo... no.
El vaso se mueve unos milímetros mas.
- Oreo, no se te ocurra.
Dos centímetros y a pocos del borde de la mesa.
- OREO.
Ahí tenso los músculos de mis piernas, puedo sentir el nerviosismo del recipiente a punto de caer al vacío. Lo cual llama mi atención ya que podría armar un ensayo desafiando la "inertitud" de los elementos culinarios.
Es como un sexto sentido, el gato sabe que me voy a levantar, sabe que tardo aproximadamente un segundo y medio en llegar a el desde mi posición, entonces CALCULA (SI SEÑORES, EL GATO CAL CU LA) que si realiza el homicidio en ese mismo momento tiene tiempo de escapar y ocultarse en algún placard o debajo de la cama donde mis gorditos brazos no pasan. Me levanto con la agilidad de una gacela renga entrada en años y el vaso, por supuesto en cámara lenta, cae y estalla en mil pedazos, diseminando vidrio por toda la alfombra persa importada de un local en liquidación ubicado en Berazategui (insisto, no es por hacer publicidad. Consultas por MP). El gato salta de la mesa al sillón, del sillón a un mueble y se esfuma en el aire, dejándome con la duda de si realmente es un ninja encubierto y mil vidrios para aspirar.
- Oreo... no.
El vaso se mueve unos milímetros mas.
- Oreo, no se te ocurra.
Dos centímetros y a pocos del borde de la mesa.
- OREO.
Ahí tenso los músculos de mis piernas, puedo sentir el nerviosismo del recipiente a punto de caer al vacío. Lo cual llama mi atención ya que podría armar un ensayo desafiando la "inertitud" de los elementos culinarios.
Es como un sexto sentido, el gato sabe que me voy a levantar, sabe que tardo aproximadamente un segundo y medio en llegar a el desde mi posición, entonces CALCULA (SI SEÑORES, EL GATO CAL CU LA) que si realiza el homicidio en ese mismo momento tiene tiempo de escapar y ocultarse en algún placard o debajo de la cama donde mis gorditos brazos no pasan. Me levanto con la agilidad de una gacela renga entrada en años y el vaso, por supuesto en cámara lenta, cae y estalla en mil pedazos, diseminando vidrio por toda la alfombra persa importada de un local en liquidación ubicado en Berazategui (insisto, no es por hacer publicidad. Consultas por MP). El gato salta de la mesa al sillón, del sillón a un mueble y se esfuma en el aire, dejándome con la duda de si realmente es un ninja encubierto y mil vidrios para aspirar.
Ahora, repitamos la acción cinco veces, el pack de seis vasos, de buena capacidad, de material ¿durable?, estéticamente lindos y que me generaban cierta nostalgia, pasó a ser un unitario. Solo y asustado, el vaso se esconde en su alacena, preguntándose cuando le llegará la hora a el, temblando (otro claro ejemplo que tira abajo la teoría de que los objetos de cocina no sufren). Pero la hora nunca le llega, porque el gato tiene un plan, el gato calcula, el gato sabe.
Entonces salgo de nuevo para el COTO (que hoy sábado tiene 20% de descuento con tarjeta de crédito) y compro un pack de vasos, de calidad promedio, de vidrio reciclado, estéticamente sosos y no evocaban ningún tipo de sentimiento en mi. Entonces los traigo a casa, y los introduzco en la alacena para que se presenten con Homero, el último de los vasos lindos.
Eventualmente se desató la guerra, cada vez que yo tenía sed, un vaso sufría, era estrolado contra el suelo de manera impune. Uno a uno fueron cayendo hasta que solo quedó uno de la segunda generación y una totalidad de DOS vasitos traumados por los horrores de la guerra.
Eventualmente se desató la guerra, cada vez que yo tenía sed, un vaso sufría, era estrolado contra el suelo de manera impune. Uno a uno fueron cayendo hasta que solo quedó uno de la segunda generación y una totalidad de DOS vasitos traumados por los horrores de la guerra.
La sanguinaria batalla en la que se derramaron litros de Fanta de Uva y Cunnington sabor aspirineta, se extendió hasta el día de hoy, con un saldo de cuarenta y siete vasos caídos y cero gatos heridos, un tanto desequilibrado. Mis estándares con los vasos se redujeron a una calidad de mierda, plástico estilo cumpleaños de pelotero, estiticamente horribles, naranjas desteñidos tras dos lavados, que me generaban asco al verlos.
Envíen ayuda, cartas de apoyo, la población en mi alacena los necesita.
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| Involución - El paredón de los lamentos y el ejecutor. |


